El anuncio de JSTOR de que los primeros cien libros del programa Path to Open han pasado oficialmente a acceso abierto marca un punto de inflexión concreto – aunque no espectacular – en la larga y problemática transición del libro académico hacia modelos más abiertos. Durante años, el acceso abierto para monografías ha sido más una promesa normativa que una realidad estructural: abundan los discursos sobre democratización del conocimiento, pero escasean los mecanismos económicamente viables que permitan sostener la edición académica, especialmente en humanidades y ciencias sociales.
Path to Open surge precisamente para enfrentar esa contradicción. Diseñado por JSTOR bajo el paraguas institucional de ITHAKA, el programa propone un modelo de “transición escalonada”: durante tres años, las bibliotecas participantes acceden anticipadamente a las monografías y, a través de un sistema de reparto de costos, garantizan financiación estable a las editoriales universitarias. Al finalizar ese período, los libros “se liberan” y pasan a ser de acceso abierto para cualquier lector, sin restricciones geográficas ni institucionales.
Desde un punto de vista académico, la relevancia de este hito no reside únicamente en el número – cien libros no transforman por sí solos el ecosistema editorial – sino en lo que el modelo demuestra. Frente a la falsa dicotomía entre acceso abierto y sostenibilidad, Path to Open opera desde una lógica pragmática: reconoce que el libro académico es el resultado de una cadena compleja de trabajo editorial, evaluación por pares y cuidado intelectual que no puede subsistir sin financiación. No se trata de abolir el mercado de un día para otro, sino de redistribuir riesgos y beneficios dentro de la comunidad académica.
Los datos de uso refuerzan esta lectura. En JSTOR, los libros de acceso abierto representan aproximadamente el diez por ciento del catálogo, pero concentran cerca del cuarenta y cinco por ciento del uso total. Esta desproporción no es anecdótica: indica una demanda reprimida de conocimiento académico que se activa en cuanto se eliminan las barreras de pago. La expectativa de que los primeros cien títulos de Path to Open incrementen su uso en más de un trescientos por ciento tras su apertura no es una conjetura optimista, sino una extrapolación coherente con patrones ya observados.
Resulta igualmente significativo que estos libros se concentren en áreas tradicionalmente desfavorecidas en los debates sobre acceso abierto. Humanidades y ciencias sociales – literatura, estudios religiosos, cine, historia global, educación o comunicación – ocupan aquí un lugar central. Muchas de las obras abordan regiones, comunidades y problemáticas escasamente representadas en los grandes circuitos editoriales comerciales, lo que refuerza el compromiso del programa con la bibliodiversidad y con editoriales universitarias pequeñas y medianas, particularmente vulnerables a la lógica del mercado.
Sin embargo, conviene evitar una lectura triunfalista. El modelo depende de una participación sostenida de bibliotecas que, en muchos contextos, enfrentan recortes presupuestarios y presiones institucionales crecientes. Si la solidaridad interinstitucional se debilita, la arquitectura financiera del programa se resiente. Además, Path to Open resuelve principalmente el problema del acceso, no el de la producción: las desigualdades estructurales que afectan a quién puede escribir, investigar y publicar – especialmente en el Sur Global – permanecen en gran medida intactas.
El respaldo de la American Council of Learned Societies (ACLS) aporta legitimidad intelectual y refuerza la dimensión humanística del proyecto, pero también abre una pregunta de fondo: ¿hasta qué punto estos modelos pueden escalar sin convertirse en nuevas infraestructuras cerradas, gobernadas por lógicas similares a las que pretenden corregir? El riesgo de que el acceso abierto derive en una nueva forma de centralización no debe descartarse.
Aun así, minimizar este logro sería un error. En el ámbito académico, los cambios profundos rara vez se producen como rupturas súbitas; suelen consolidarse mediante precedentes funcionales. Estos cien libros no democratizan el conocimiento de forma automática, pero prueban que el acceso abierto para monografías revisadas por pares es viable a escala, sin sacrificar calidad editorial ni rigor académico.
Para editores independientes, revistas académicas y proyectos editoriales pequeños, el mensaje es claro y, quizás, incómodo: el acceso abierto ha dejado de ser solo una cuestión ética o discursiva para convertirse en un problema estratégico. Iniciativas como Path to Open no ofrecen soluciones universales, pero reducen el margen para la inercia. El futuro del libro académico no se decidirá en declaraciones de principios, sino en modelos que, con todas sus tensiones y límites, consigan funcionar colectivamente.
